Un paseo por Columbia


Para los que no la conozcáis, la Revista Presura es una original propuesta coordinada por Alberto Venegas que ellos mismos subtitulan como "Videojuegos, cultura y sociedad", con artículos muy originales y publicaciones temáticas, en las que varios colaboradores aportan su visión al asunto a tratar, bien sea un videojuego o saga en concreto (Final Fantasy, Fallout, Bioshock) o un aspecto de los videojuegos en la en el mundo (política y videojuegos, estrategia y videojuegos, psicología y videojuegos...).

Tuve el orgullo de participar en el número diez, dedicado a Bioshock, con un pequeño relato ambientado en la preciosa ciudad de Columbia. Podéis leerlo aquí:

Para mí quizá fue todo un poco más difícil, puesto que no fui seleccionado para ser uno de los primeros colonos de Columbia. Tuve que pasar por el bautismo en el Centro de bienvenida, y en honor a la verdad he de admitir que viniendo de mis misas de toda la vida y mis "Virgencita, que me quede como estoy", toda esa historia de la llave, la espada y el pergamino se me hacía un poco extraña. Por no hablar de los padres fundadores, que sí, que todos los hemos conocido por los kinetoscopios, pero no como para tenerlos en los altares como si fueran el Sagrado Corazón de Jesús. Con todo, no es algo que se me hiciera tan presente como para no poder pasar por ello y, sin haber echado aún en falta a Abraham Lincoln, comencé mi andadura por la ciudad.

He de decir que el día en que llegué a la ciudad de las nubes coincidía que estaban en fiestas y claro, eso siempre le hace a uno ver la mejor cara de la ciudad. Los niños jugaban con aros, las mujeres tomaban el café en las terrazas, y los comerciantes vendían fantásticos elixires en la plaza. Recuerdo que aquél primer día no pude sino detenerme ante un carro de un vendedor de hielo, tirado por un fantástico caballo mecánico. Una de tantas maravillas que en Columbia me esperarían.

A día de hoy ya ni siquiera noto los edificios moverse los unos respecto a los otros. Solo a veces, cuando le doy un par de monedas a un chico para que me dé un periódico, y me siento en un banco a fingir que leo mientras escucho conversaciones ajenas con una manzana en la mano, me doy cuenta de que, imperceptiblemente, la fachada que está a mi lado se mece de arriba abajo. Para mí ya es un detalle poder detenerme a apreciar esas pequeñas cosas.

Como dejamos las inclemencias climatológicas para la gente de abajo, siempre que puedo me escapo a la bahía del acorazado, a contar chismes al sol mientras me deleito con la deliciosa música de Albert Fink. Oh, ese hombre… Sus canciones consiguen lo imposible: traerme a la memoria recuerdos de épocas futuras, pero sin dejar de ser preciosas melodías perfectamente integradas en la ciudad de las nubes…

Tengo un amigo que frecuenta un club llamado Good Time. Una vez me llevó allí. Incluso en lo sórdido de un barrio en que puedes encontrar chinos, un lugar como ese es exquisito. Me ha dicho que no me lleve a engaño, que existen sitios mucho peores, y me habla de un lugar llamado Shanty Town, que creo que ha inventado solo para meterme miedo. Una ciudad pastoreada por el profeta no podría permitirse un sitio así. ¡Por supuesto que sé qué clase de gente trabaja en las industrias Fink! ¡Y está bien así! No esperarían que yo, con todo lo que me ha costado conseguir alcanzar el sueño de Columbia, pase once horas al día manteniendo en pie la maquinaria, ¿verdad?

Y mis antiguos amigos de la Sodoma de abajo decían que venir a vivir a Columbia iba a cambiarme… ojalá llegue pronto el día en que el Cordero los haga arder a todos…

Artículo escrito para la Revista Presura nº10, que podéis descargar aquí aquí.

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